Pese a que se los menciona en charlas de café, jamás conocí a un "subclasado"; déjenme llamarle así a alguien que creció económicamente y pudiendo comprarse un departamento en Palermo o Recoleta se quedó en su segundo piso por escalera de su San Cristóbal de siempre.
Sin embargo es muy frecuente que ante algo que le huela a medio pelo algún aspirante a descamisado te salte a la carótida y te deje hecho añicos antes de que puedas empezar a ponderar el conejo al vino blanco que te comiste en el bistrocito de Rodríguez Peña. Un "qué rápido te olvidaste del sanguche de mortadela eh?" es suficiente para que tu bistrocito y el conejo vuelen por los aires entre risotadas complacidas.
Gabriela me contaba que ese año decidió hacer algo distinto y los dos, todavía sin hijos se fueron a un encantador pueblito de pescadores cerca de Fortaleza. Una joya donde no hay turistas.
Mientras él se quedaba leyendo en la posada rústica, Gabriela se mezclaba desde temprano con los pescadores "y era uno más". Los ayudaba con las redes y un día hasta se embarcó a las dos de la mañana. Él fumaba, leía a Jauretche y Scalabrini Ortiz.
El día que se casaron, Gabriela, embarazada y con panza, fue la primera en llegar, la primera en sacarse los zapatos y la última en dejar de bailar, ante la boca abierta de padres y tíos y despertando no pocos –¡Qué loca esta chica, siempre fue así!, terrible de chiquita jugaba al fútbol con los hermanos y sus amigos. – ¿Te acordás del día en que se fue del partido llevándose la pelota?! La mañana siguiente de la boda (al rato, bah!) salieron para Maldivas.
El Panda nunca fue de sentirse a gusto en reuniones ni estar de acuerdo así nomás. En el bar era de los que se sientan en una esquina de la mesa, medio cuerpo hacia fuera, un codo en la mesa y el otro apoyado en la pierna que mueve incesantemente; la mirada siempre hacia abajo y hacia el otro lado de la conversación, cada tanto una sonrisa de desaprobación, Fernet Branca, aceitunas y escarbadientes. Llegaba sin saludar, pasaba por la barra, pedía su ración y se sentaba. Cuando alguno de los amigos hacía un comentario indirecto y provocador El Panda levantaba una ceja, sonreía despectivamente y con un solo comentario-ladrido, neutralizaba a su ocasional contendiente provocando la carcajada general. Se iba sin saludar y pagaba lo suyo en la barra. Es de San Lorenzo.
Cuando se casaron se fue a vivir a Palermo Viejo, mandó a los chicos a un colegio privado (cosas de ella) con ceremonia con toga cuando terminaron el pre-escolar, se subió a la cuatro por cuatro y cruzaba las dunas con unas bermudas negras amplias, a los saltitos para no quemarse, con una tabla de surf bajo el brazo asegurada con tobillera de velcro y un reloj gigante amarillo uaterresistant con muchos botoncitos y cositas fluorescentes. También anduvo en cuatriciclo japonés y se perfeccionó con los asados en su casa con jardín y pileta, siempre aclarando que no estaba ahí por decisión propia sino porque la vida lo había puesto en ese lugar y no quería joder.
Gabriela se casó con El Panda, quien sin chistar se metió en la Jupá, rompió la copa, fue revoleado en la silla y Mazel Tov! La novia bailando sin parar, El Panda revoleado sin parar y sus amigos tuvieron la fiesta de su vida. Sarita, la mamá de Gaby, no estaba muy convencida con El Panda. Al otro día medio dormido lo llevaron a Ezeiza y se fue a Maldivas, no sin antes tener que volver a buscar los pasaportes que habían quedado en la mesa de la cocina.
Después Agustín, después Florencia, los colegios, las fiestitas y todos a Orlando con Mauricio, (el papá de Gaby) y Sara que invitaban. El Panda manejaba, pasándose en todas las interestatales, Mauricio daba las indicaciones, le decía que prestara más atención y miraba los planos. El GPS ni siquiera se soñaba.
Lo de la casa del country fue una casualidad. Cuando Mauricio se enteró que se vendía la de al lado, lo mandó a Puricelli, su fiel gerente de compras, a que negocie. Si se enteraban que él estaba detrás de la casa el precio iba a ser más alto. Con el buen precio que peleó Puricelli escrituraron a la semana. Gabriela y Sara arreglaron la casa, los chicos tuvieron su habitación y llevaban a sus amiguitos; al Panda lo pusieron a hacer asados, Gabriela y Sara hacían la picada y Mauricio los tragos. Los fines de semana que se iban con Gaby al cine del Shopping, Agustín y Florencia se quedaban "al lado" como le decían a la casa de Mauricio y Sara.
Los tragos más amargos le tocaban al Panda cuando las salidas eran con David, el hermano de Gaby y Karina, su mujer. Todos los chicos se quedaban en lo de de los abuelos. La guerra de almohadones con Mauricio y Sara era un clásico que no pocas veces terminaba en llanto y con algún chichón.
Gabriela, El Panda, Karina y David reservaban mesa en Francesco que era el lugar preferido de David al que llamaba "mi oficina" porque se reunía seguido con clientes y proveedores. David pedía la pasta y recomendaba los platos, luego de hablar con Francesco que venía a saludarlo a la mesa. Un día escandalizado le paró la mano al Panda cuando a los Penne Rigatti con frutos di mare les estaba por poner queso rallado. –Pará animal, los mariscos no van con queso. ¡La puta que lo parió! estuvo a punto de decir El Panda... pero se contuvo.
Hacía rato que no se iban todos juntos de vacaciones, después de "la tragedia de Buzios", como recordaba El Panda a ese enero que fueron todos juntos a Brasil, cuando todavía vivía la madre del Panda y cuando su hermana, que no paraba de fumar y hablar de Perón, fue con su novio separado, también peronista y terminaron yéndose a los dos días rotulando de insoportables a Sara, y David… e "idiota" a Karina.
Las experiencias comerciales del Panda no fueron muy felices. Primero Mauricio lo llevó a la fábrica con la idea de que se integre pero al Panda le resultó imposible convivir con David, ingeniero industrial con "embiei" en Harvard que lo llamaba los domingos a la mañana para desayunar en La Tranquera y empezar a pensar en los bonus para los gerentes; "Tenés que tenerlos contentos, pero nunca, demasiado contentos, decía David, enfatizando y alargando el "demasiado". El Panda miraba el reloj mientras David mechaba palabras en inglés.
Cuando Gaby le dijo al padre que El Panda no daba más a Mauricio se le ocurrió lo de la fábrica de hielo. Rotundo fracaso, como también lo fueron lo de los filtros para piletas y la cuadrilla de pintores.
Cuando Gaby y El Panda se separaron, David se encargó de los arreglos saliéndoles al cruce a los abogados de frente transpirada y saco con caspa en los hombros, "representantes" del Panda al que llamaban "nuestro cliente" mientras se relamían pensando en la fábrica. Al Panda le tocó la camioneta y una casa en otro country, pero de la zona oeste. "A ese pelotudo lo quiero bien lejos de Pilar", le decía David a su padre.
Gaby tiene novio, cirujano, separado, quince años mayor que ella pero muy buenmozo, encantador con Mauricio y Sarita, con abono en el Colón, y que con los ojos cerrados distingue un Malbec de un Tempranillo y a éste de un Syrah, encuentra los quesos ideales y tiene un buen handicap en golf.
El Panda está pensando en hacer un paquete y vender la casa del country y la cuatro por cuatro; "la dos por tres", como le llama El Oso esperando que le pregunten por qué para responder "porque cada dos por tres está en el taller".
No hay canilla que no pierda en la casa del Panda, la pileta se llenó de hojas y la pintura se descascaró. Al principio le pareció irrisoria la oferta de Mignone propiedades. Cuando quieran hablar en serio los escucho le dijo el Panda al representante antes de cortarle el teléfono. Pero la semana que viene, está pensando en sentarse a conversar.
El Panda llega al bar, pide lo suyo, se sienta y mira para el otro lado.
Patricio, guiña el ojo a los demás y pregunta
-Panda ¿Cuándo te casás de nuevo, así tenemos joda?
-Andá a la puta que te parió. Carcajadas.
Sin embargo es muy frecuente que ante algo que le huela a medio pelo algún aspirante a descamisado te salte a la carótida y te deje hecho añicos antes de que puedas empezar a ponderar el conejo al vino blanco que te comiste en el bistrocito de Rodríguez Peña. Un "qué rápido te olvidaste del sanguche de mortadela eh?" es suficiente para que tu bistrocito y el conejo vuelen por los aires entre risotadas complacidas.
Gabriela me contaba que ese año decidió hacer algo distinto y los dos, todavía sin hijos se fueron a un encantador pueblito de pescadores cerca de Fortaleza. Una joya donde no hay turistas.
Mientras él se quedaba leyendo en la posada rústica, Gabriela se mezclaba desde temprano con los pescadores "y era uno más". Los ayudaba con las redes y un día hasta se embarcó a las dos de la mañana. Él fumaba, leía a Jauretche y Scalabrini Ortiz.
El día que se casaron, Gabriela, embarazada y con panza, fue la primera en llegar, la primera en sacarse los zapatos y la última en dejar de bailar, ante la boca abierta de padres y tíos y despertando no pocos –¡Qué loca esta chica, siempre fue así!, terrible de chiquita jugaba al fútbol con los hermanos y sus amigos. – ¿Te acordás del día en que se fue del partido llevándose la pelota?! La mañana siguiente de la boda (al rato, bah!) salieron para Maldivas.
El Panda nunca fue de sentirse a gusto en reuniones ni estar de acuerdo así nomás. En el bar era de los que se sientan en una esquina de la mesa, medio cuerpo hacia fuera, un codo en la mesa y el otro apoyado en la pierna que mueve incesantemente; la mirada siempre hacia abajo y hacia el otro lado de la conversación, cada tanto una sonrisa de desaprobación, Fernet Branca, aceitunas y escarbadientes. Llegaba sin saludar, pasaba por la barra, pedía su ración y se sentaba. Cuando alguno de los amigos hacía un comentario indirecto y provocador El Panda levantaba una ceja, sonreía despectivamente y con un solo comentario-ladrido, neutralizaba a su ocasional contendiente provocando la carcajada general. Se iba sin saludar y pagaba lo suyo en la barra. Es de San Lorenzo.
Cuando se casaron se fue a vivir a Palermo Viejo, mandó a los chicos a un colegio privado (cosas de ella) con ceremonia con toga cuando terminaron el pre-escolar, se subió a la cuatro por cuatro y cruzaba las dunas con unas bermudas negras amplias, a los saltitos para no quemarse, con una tabla de surf bajo el brazo asegurada con tobillera de velcro y un reloj gigante amarillo uaterresistant con muchos botoncitos y cositas fluorescentes. También anduvo en cuatriciclo japonés y se perfeccionó con los asados en su casa con jardín y pileta, siempre aclarando que no estaba ahí por decisión propia sino porque la vida lo había puesto en ese lugar y no quería joder.
Gabriela se casó con El Panda, quien sin chistar se metió en la Jupá, rompió la copa, fue revoleado en la silla y Mazel Tov! La novia bailando sin parar, El Panda revoleado sin parar y sus amigos tuvieron la fiesta de su vida. Sarita, la mamá de Gaby, no estaba muy convencida con El Panda. Al otro día medio dormido lo llevaron a Ezeiza y se fue a Maldivas, no sin antes tener que volver a buscar los pasaportes que habían quedado en la mesa de la cocina.
Después Agustín, después Florencia, los colegios, las fiestitas y todos a Orlando con Mauricio, (el papá de Gaby) y Sara que invitaban. El Panda manejaba, pasándose en todas las interestatales, Mauricio daba las indicaciones, le decía que prestara más atención y miraba los planos. El GPS ni siquiera se soñaba.
Lo de la casa del country fue una casualidad. Cuando Mauricio se enteró que se vendía la de al lado, lo mandó a Puricelli, su fiel gerente de compras, a que negocie. Si se enteraban que él estaba detrás de la casa el precio iba a ser más alto. Con el buen precio que peleó Puricelli escrituraron a la semana. Gabriela y Sara arreglaron la casa, los chicos tuvieron su habitación y llevaban a sus amiguitos; al Panda lo pusieron a hacer asados, Gabriela y Sara hacían la picada y Mauricio los tragos. Los fines de semana que se iban con Gaby al cine del Shopping, Agustín y Florencia se quedaban "al lado" como le decían a la casa de Mauricio y Sara.
Los tragos más amargos le tocaban al Panda cuando las salidas eran con David, el hermano de Gaby y Karina, su mujer. Todos los chicos se quedaban en lo de de los abuelos. La guerra de almohadones con Mauricio y Sara era un clásico que no pocas veces terminaba en llanto y con algún chichón.
Gabriela, El Panda, Karina y David reservaban mesa en Francesco que era el lugar preferido de David al que llamaba "mi oficina" porque se reunía seguido con clientes y proveedores. David pedía la pasta y recomendaba los platos, luego de hablar con Francesco que venía a saludarlo a la mesa. Un día escandalizado le paró la mano al Panda cuando a los Penne Rigatti con frutos di mare les estaba por poner queso rallado. –Pará animal, los mariscos no van con queso. ¡La puta que lo parió! estuvo a punto de decir El Panda... pero se contuvo.
Hacía rato que no se iban todos juntos de vacaciones, después de "la tragedia de Buzios", como recordaba El Panda a ese enero que fueron todos juntos a Brasil, cuando todavía vivía la madre del Panda y cuando su hermana, que no paraba de fumar y hablar de Perón, fue con su novio separado, también peronista y terminaron yéndose a los dos días rotulando de insoportables a Sara, y David… e "idiota" a Karina.
Las experiencias comerciales del Panda no fueron muy felices. Primero Mauricio lo llevó a la fábrica con la idea de que se integre pero al Panda le resultó imposible convivir con David, ingeniero industrial con "embiei" en Harvard que lo llamaba los domingos a la mañana para desayunar en La Tranquera y empezar a pensar en los bonus para los gerentes; "Tenés que tenerlos contentos, pero nunca, demasiado contentos, decía David, enfatizando y alargando el "demasiado". El Panda miraba el reloj mientras David mechaba palabras en inglés.
Cuando Gaby le dijo al padre que El Panda no daba más a Mauricio se le ocurrió lo de la fábrica de hielo. Rotundo fracaso, como también lo fueron lo de los filtros para piletas y la cuadrilla de pintores.
Cuando Gaby y El Panda se separaron, David se encargó de los arreglos saliéndoles al cruce a los abogados de frente transpirada y saco con caspa en los hombros, "representantes" del Panda al que llamaban "nuestro cliente" mientras se relamían pensando en la fábrica. Al Panda le tocó la camioneta y una casa en otro country, pero de la zona oeste. "A ese pelotudo lo quiero bien lejos de Pilar", le decía David a su padre.
Gaby tiene novio, cirujano, separado, quince años mayor que ella pero muy buenmozo, encantador con Mauricio y Sarita, con abono en el Colón, y que con los ojos cerrados distingue un Malbec de un Tempranillo y a éste de un Syrah, encuentra los quesos ideales y tiene un buen handicap en golf.
El Panda está pensando en hacer un paquete y vender la casa del country y la cuatro por cuatro; "la dos por tres", como le llama El Oso esperando que le pregunten por qué para responder "porque cada dos por tres está en el taller".
No hay canilla que no pierda en la casa del Panda, la pileta se llenó de hojas y la pintura se descascaró. Al principio le pareció irrisoria la oferta de Mignone propiedades. Cuando quieran hablar en serio los escucho le dijo el Panda al representante antes de cortarle el teléfono. Pero la semana que viene, está pensando en sentarse a conversar.
El Panda llega al bar, pide lo suyo, se sienta y mira para el otro lado.
Patricio, guiña el ojo a los demás y pregunta
-Panda ¿Cuándo te casás de nuevo, así tenemos joda?
-Andá a la puta que te parió. Carcajadas.
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