domingo, 10 de marzo de 2024

El corazón del daño

Este viernes fui al teatro Picadero a ver El corazón del daño, una obra de María Negroni, dirigida por Juan Carlos Tantanián y actuada por Marilú Marini. 

El lenguaje de los críticos de arte, me suele resultar tan complejo que no pocas veces me imagino al autor, sea un dramaturgo, un artista plástico, un escritor, un poeta o un director de cine, pensando “¿Esto dije yo? ".

Por esto, y sin ese lenguaje complejo, resumiría El corazón del daño como un monólogo en el que una hija recorre su relación signada por una madre compleja, una madre atroz que todo lo hacía difícil. Se trata de “la ocupación más ferviente y más dañina de mi vida: nunca amaré a alguien como a ella”. 

Pero no me voy a referir a la obra. No soy crítico de teatro soy un simple y bastante ignorante aficionado, con su sensibilidad, nada más. 

Me voy a referir a mi experiencia, en el teatro Picadero, con Marilú Marini, en ocasión de El corazón del daño. 

Según la crítica, según el propio director “al menos una vez en la vida hay que verla actuar a Marilú Marini”. Para mí… bastó y sobró. 

Así como el odio a una madre que todo lo hizo difícil, signó la vida del personaje, el odio a una actriz histérica y endiosada signó desde poco de comenzada la presentación mi experiencia con la misma. 

Salió una mujer de ochenta largos, vestido negro y zapatillas color chicle, se paró ante el público, saludó a algunos conocidos, entre ellos, la autora de la novela, María Negroni y luego se detuvo en una imposición casi admonitoria: si sonaba un celular, si sonaba una alarma de un celular, empezaría de nuevo. 

Y así fue. 

A poco de empezada la obra, sonó un celular y el mundo se detuvo: la actriz, como una severa profesora de geografía que acaba de sentir un tizazo que viene del fondo del aula y estalla en el pizarrón, dio un fuerte golpe con las palmas de ambas manos en la mesa larga a la que estaba sentada; se puso de pie, anticipó solemnemente al público en general lo que iba a suceder, dirigió lenta y ceremoniosamente su mirada al lugar de donde había provenido el sonido de la alarma y en un tono terroríficamente maternalista, de una madre muy similar a “la ocupación más ferviente y más dañina de su vida” le dijo dos, o tres veces “¿Apagás el celular, por favor, lo apagás, lo apagás?” 

Y empezó de nuevo. 

Una severa madre que, con su histriónico, con su histérico, protagonismo me hizo pasar un mal momento. Y estoy seguro de que otros espectadores lo habrán pasado también mal. 

Me costó engancharme con la obra. Me cuesta mucho reaccionar rápida y asertivamente a las agresiones; una parte de la obra estuve pensando “¡Qué pena que no me paré y me fui diciendo que “el daño” ya estaba hecho!” 

Luego de este recomienzo siguió la obra, fue creciendo. Según algunos más entendidos que yo, no fue gran cosa. Pero no hablo de eso. 

No sé si esta señora habrá sido toda su vida así de diva, así de autoritaria, pero ¡Qué mal la pasé señora Marini, qué mal la pase! Mi odio a su acto de humillación, a su intemperancia, a su divismo exagerado, a su histeria protagónica fue el sentimiento más fuerte que me llevé de El corazón del daño, señora Marini.

Moisés arde de ira - Gustave Doré