La Sombra del Caudillo
Novela de Martín Luis Guzmán
La compra y la lectura de este libro son un homenaje a la memoria de mi viejo, Héctor Calixto García Tellechea, quien algún día, cuando yo estudiaba en La Plata debe haber leído alguna nota de los libros de Martín Luis Guzmán, Memorias de Pancho Villa y La Sombra del Caudillo. Me los anotó en una hojita que guardé en una agenda y me pidió que se los consiga.
Por una anotación que tengo detrás los debo haber buscado infructuosamente en algunas librerías de Corrientes. No los encontré. Era muy bisoño en búsquedas bibliográficas en esa época y, además, no existían las búsquedas por Internet herramienta con la que hoy, podríamos comprar desde la primera edición del Ulises de James Joyce hasta una botella de champán.
Pero la notita de mi padre, con los nombres de los libros me acompañó toda la vida y resistió de hecho a las mudanzas y a ese ánimo de tirar todo que se apodera cada tanto de mí.
Hace unos años, me topé con La Sombra del Caudillo en la Librería El Ateneo, en esta maravillosa Edición Archivos de Allca que estoy leyendo ahora. Vaya a saber por qué (mi mente estaría en otra cosa seguramente) no lo compré.
Hace un año volví a El Ateneo y ya no estaba; lo busqué en varias librerías y no tenían ni noticias de él.
Su búsqueda luego se convirtió en una obsesión. Pero claro, ahora todo es mucho, mucho más fácil.
Conseguí esta edición de La Sombra del Caudillo y también, en Librería Huemul, una edición de 1951. Y también conseguí las Memorias de Pancho Villa en una edición de 1938. A todas les adjunté esta nota, junto con la nota, escaneada e impresa, con la linda letra de mi viejo.
Conseguí esta edición de La Sombra del Caudillo y también, en Librería Huemul, una edición de 1951. Y también conseguí las Memorias de Pancho Villa en una edición de 1938. A todas les adjunté esta nota, junto con la nota, escaneada e impresa, con la linda letra de mi viejo.
Probablemente, cuando me muera, vaya a saber quién se tomará ese trabajo de "desarmar la casa". Quizás mis hijas, algún día se llenarán de polvo, desarmarán mi biblioteca y con la cadencia de la fría y rápida toma de decisiones que impone la tarea de deshacerse de las cosas de un muerto pasarán por mis libros y mis pequeñas cosas.
-Esto ¿Qué sería?;
-¡Uyyy, mirá estas fotos!
-¿Esto lo tiramos?
-Bueno, dejémonos de pavear que si no no terminamos más.
Y puede que estos libros de Guzmán, con las notas, pasen de largo y terminen en un volquete contratado para la ocasión o lleguen a manos de un cartonero para retomar el ciclo de pasta y papel.
En cualquier caso, pasen por lo que pasen y vayan adonde vayan, fueron una gran fuente de placer para mí.
El encontrarme de tiempo en tiempo con la sobreviviente notita manuscrita de mi viejo, el buscar los libros y no encontrarlos, el haber dejado pasar frente a mis narices uno de ellos sin comprarlo, el despertarme algunas noches pensando que al otro día me iba a poner a buscarlos en serio; el encontrarlos, leerlos, subrayarlos y mimarlos.
El encontrarme de tiempo en tiempo con la sobreviviente notita manuscrita de mi viejo, el buscar los libros y no encontrarlos, el haber dejado pasar frente a mis narices uno de ellos sin comprarlo, el despertarme algunas noches pensando que al otro día me iba a poner a buscarlos en serio; el encontrarlos, leerlos, subrayarlos y mimarlos.
Porque nunca fui de lo más afectuoso que digamos. Más bien las voy de"duro". Pero todos estos pequeños actos obsesivos, son una forma de mimar a mi viejo con quien hablé por última vez un sábado 7 de noviembre de 1981 desde un teléfono público de Charing Cross Rd y Oxford St, en Londres.
El lunes 9 de noviembre, a eso de las dos de la mañana, el landlord jamaiquino que me alquilaba la habitación del primer piso de su casa de 17 Jeymer Avenue, en Willesden Green, Alonso Headlam, pastor protestante, golpeó la puerta diciéndome que tenía una llamada telefónica de Argentina. Me anunciaron que mi viejo se había muerto.
El lunes 9 de noviembre, a eso de las dos de la mañana, el landlord jamaiquino que me alquilaba la habitación del primer piso de su casa de 17 Jeymer Avenue, en Willesden Green, Alonso Headlam, pastor protestante, golpeó la puerta diciéndome que tenía una llamada telefónica de Argentina. Me anunciaron que mi viejo se había muerto.
Nunca me llevé bien con las lágrimas, ni propias ni ajenas y siempre tomé la muerte como algo comprensible, cuya única condición para que ocurra es estar vivo. Seas joven, seas sano, seas lindo o lo que seas.
Mi viejo se fue rapidito, prolijamente, a los 64 años y nos dejó mucho a mi hermana Ana Elena y a mí. Un inmenso afecto y muchas sonrisas que nos arrancan sus recuerdos.
Mi viejo se fue rapidito, prolijamente, a los 64 años y nos dejó mucho a mi hermana Ana Elena y a mí. Un inmenso afecto y muchas sonrisas que nos arrancan sus recuerdos.
Y naturalmente, La sombra del caudillo, es La sombra de mi viejo, un caudillo, un tirano, un Pancho Villa de nuestros afectos.

