jueves, 14 de noviembre de 2024

¿Leer para qué?

Soy un gran ignorante que podría parecer culto, formado y que si no diera esta advertencia y me largara a hablar de literatura, por ejemplo, o de cine, mucho peor todavía, no sería otra cosa que un chapucero, un farsante, un pelafustán.

He leído muy poco; tampoco puedo decir que he leído bien, pues mucho de lo que he leído ni siquiera lo he entendido, menos aprehendido. Solo tengo ciertas sensibilidades, ciertas hiperestesias epileptoides que, cuando coincido con alguien que ha leído sus fuentes, se puede quedar mirándome y pensar “este tipo sabe”.


No, no sé nada, casi nada, digamos.


Tengo una biblioteca bastante pequeña, que tendrá unos 500 libros (mañana los voy a contar) de los cuales la mayoría no leí; algunos de ellos quisiera leer, como Pedro Páramo, por ejemplo o la mayoría de las novelas de Faulkner, dado que debo haber leído cinco de ellas; o Shakespeare, o Bomarzo, o Los pilares de la tierra; muchos de ellos no los he leído ni los leeré jamás y otros los leeré siempre.


A veces, cuando me da el efímero furor de ordenarme, ordenar mi biblioteca y dejar solo los que leí y viví, los que leería todo el tiempo y los que me obligaré a leer y entonces pienso cruzar la calle y dejarlos en la vereda de enfrente, me ocurre que leo la primera página y me digo (Los pilares de la tierra) “no; este lo tengo que leer” y entonces procrastino mi orden y las bases de mi nuevo breve futuro, dado que ya no me quedan muchos años (tengo 68).


Puedo decir que lo único que leí con cierta profundidad es a Juan José Saer, a Ulises, de James Joyce, a Rayuela de Julio Cortázar, a Don Segundo Sombra, a Adán Buenosayres, Sobre héroes y tumbas y a Los siete locos.


Una de las tantas veces que leí Rayuela, fue en París; me alquilé un departamento en la Rue de Savoie, me compraba quesos y champagne y salía con mi morral con la edición Cátedra de Andrés Amorós, un cuaderno de notas y una cartuchera con lápices, resaltadores y marcadores 3M, caminé el Barrio Latino, el Bulevar René Coty hasta el Parc Montsouris, hasta el puente donde Horacio y La Maga le dieron un final digno al paraguas encontrado. 


Me instalé en un hermoso y amplio departamento en Dublín e hice un montón de caminatas, leyendo Ulises e instalando casi una oficina en la mesa del comedor con mapas, con Ulysses Annotated de Gifford y con algunos más sobre Ulises. 


Quisiera ir una semana a San Antonio de Areco a leer Don Segundo Sombra y volver a llorar cuando Fabio da vuelta a su caballo y “me fui como quien se desangra”.


Y si la vida me diese la voluntad y la fuerza de ejercer el don divino de terminar dignamente con ella, cuando la dignidad se convierte en decrepitud, el pelo de las cejas, la nariz y las orejas crece descuidadamente, quisiera hacerlo en un banco cerca de la estatua de Ceres cuando “Un misterioso acontecimiento se produce en esos momentos: anochece. Y todo es diferente: los árboles, los bancos, los jubilados que encienden alguna fogata con hojas secas, la sirena de un barco en la Dársena Sur, el distante eco de la ciudad. Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática. Y también más temible, para los seres solitarios que a esa hora permanecen callados y pensativos en los bancos de las plazas y parques de Buenos Aires.” (Sobre héroes y tumbas).

Y no hay mucho más.


Hoy tomé el libro de Harold Bloom, Shakespeare, la invención de lo humano y trataré de leerlo y leer, entendiendo todo lo que pueda, sus obras principales. 


En la introducción de Confesiones de un inglés comedor de opio (Ediciones Cátedra 5ta Ed. 2018. Edición de Miguel Teruel, pág. 23.) leí que Thomas de Quincey, en el prólogo a sus Selections, sugiere tres categorías generales para dar cuenta global de sus obras; según fuera su propósito divertir, instruir o elevar espiritualmente al lector. 


Luego le pregunté a ChatGPT ¿En dónde describe De Quincey tres tipos de lectura: la lectura de entretenimiento, la lectura para informarse y la literatura para elevar el espíritu? y verifiqué que la cita no era correcta. No es en el prólogo a sus Selections sino en: 


"Letters to a Young Man Whose Education has been Neglected" (Cartas a un joven cuya educación ha sido descuidada). En estas cartas, De Quincey aborda diversos aspectos de la educación y la lectura, y menciona tres tipos principales de lectura:

  1. Lectura de entretenimiento: Lectura realizada por placer y diversión.

  2. Lectura para informarse: Lectura destinada a obtener información y conocimiento sobre temas específicos.

  3. Literatura para elevar el espíritu: Lectura de obras literarias que tienen un valor estético y moral, capaces de inspirar y elevar el espíritu del lector.

En estas cartas, De Quincey subraya la importancia de cada tipo de lectura y cómo cada una puede contribuir al desarrollo personal e intelectual del lector.

Pero todo esto, toda esta digresión molesta es solo para decir que acuerdo en que hay tres tipos de lectura: la lectura de entretenimiento, la lectura para informarse y la lectura para elevar el espíritu. Que a mí interesa la lectura para elevar el espíritu, que también, pero en diferente sintonía, me interesa informarme y que para entretenerme tengo la vida misma, la mía y mucho más, la de los demás; porque como dice Hanif Kureishi (SÁBADO 30 DE AGOSTO DE 2008 Por Hanif Kureishi Para LA NACIÓN) : “ El disidente ejemplar Oscar Wilde, cuyo castigo no pudo borrar sus palabras sino que nos enseñó algo sobre adónde nos pueden llevar las palabras, escribió, a fines del siglo XIX: "Cuando las personas nos hablan sobre otros suelen aburrirnos. Cuando nos hablan de ellas mismas casi siempre son interesantes".

En consecuencia, no leo para entretenerme, no voy al cine para entretenerme: la vida no es entretenida, es profunda, misteriosa, interesante, irreproducible en una milésima de segundo.



 

Título: 
Passant la revue des fumeurs d'opium, 1858. Creator: Honore Daumier.
Passant la revue des fumeurs d'opium, 1858. (Histoire de faire aller le commerce). Making a review of opium smokers. (History of encouraging trade). In the Second Opium War, the British and French Empires fought China under the Qing dynasty over the right to import opium into China. From En Chine, plate 3.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Para hiperrealismo, qué mejor que la vida cotidiana

Por razones de que no puedo hacer de todo, lamentablemente, no voy nunca al cine; por casualidad, en este mes vi dos películas: La habitación de al lado, de Pedro Almódovar y El Jockey de Luis Ortega.

La habitación de al lado, para mí, una “porquería” sensiblera (con todo respeto) de un Almodóvar que se hizo su jubilación americanizándose; una típica película americana. Desde el punto de vista estético, perfección de imágenes y combinación almodovariana de colore y, de nuevo, bien americana; todo perfecto, ni una miga en el piso ni una toalla usada en un baño, ni una bolita en un pullover de lana. Afortunadamente para mi TOC, cuando desordenan la casa de Martha buscando la pastilla negra, antes de irse, tan TOC como yo, la ordena. Para hablar de eutanasia y suicidio, si me dan a elegir, me quedo con Las invasiones bárbaras.

Mucho más "imperfecta" pero bien psicótica (como me gusta el cine) El jockey, de Luis Ortega.

Un amigo me dijo un día que había visto una película que le había parecido una verdadera porquería y que lamentó sentir vergüenza por no poder levantarse e irse. Como es de los amigos de quien uso ciertas recomendaciones como negativo, es decir que, si denuesta un libro, escupiendo comida mientras mastica, salgo corriendo y me lo compro, le comenté la crítica de mi amigo a mi hija, cinéfila y amante, como su padre, de lo extravagante, de lo bizarro, de lo psicótico; su WhatsApp de respuesta no demoró un segundo: “Pa, ¿Quién te dijo semejante burrada?; no te mezcles con esa chusma y andá a verla hoy mismo”. 

Así fue, me constituí en el cine Lorca, tan insostenible como romántico a 3 mil la entrada y me senté exactamente en el medio de la sala, en ese punto donde lo que desciende empieza a ascender. Alrededor de mí, prolijamente en forma centrífuga y prolijamente espiralándose, se fueron sentando los típicos clientes de películas raras en cines de Corrientes.

Desde el comienzo bellísimo con: Fumemos un cigarrillo, para poder conversar. Tomemos alguna copa, tenemos mucho que hablar de Piero, pasando por Trigaaaaal de Sandro,  hasta la última escena, una psicótica belleza, con mucha más mugre, con mucha más gente oscura y con muchas más psicosis, como vale la pena ver el mundo. Para ver familias a las que se les enferma un niñito y le tienen que hacer un trasplante de médula que termina bien, me quedo en mi casa o atiendo a mis pacientes. Pero en todas esas historias de la vida real, hay mucha “psicosis ordinaria” solo es cuestión de aprender a verla, y disfrutarla. Es como tomarse un ácido, aunque todavía no me he dado ese lujo.

Me paré y aplaudí en el medio, mientras la espiral se empezó a desarmar haciendo lo mismo. Salí a la calle y una pareja de vaya a saber qué autopercibidos caminaba de la mano, con medias de red, con cabellos verdes y rapados, con borceguíes, reflejándose en el suelo por la llovizna, como imagen del Almodóvar español; tan trastocadamente emocionado estaba que casi les pido una selfie con ellos, pero la corrección del respeto por el espacio ajeno, me frenó. 

https://www.youtube.com/watch?v=N2BSpDERJZk

 

viernes, 17 de mayo de 2024

No encarnes con podrida: Carta abierta al Peluca Loca

El martes 14 de mayo, descubriste en el Salón de los Patriotas Argentinos de la Casa Rosada un busto de Carlos Saúl Menem. Visiblemente emocionado, escoltado por granaderos y seguido por un auditorio que contaba con familiares y ex funcionarios, no dudaste en decir “Les duela o no, ha sido el mejor presidente de la historia. Si hay algo que dije siempre es que fue el mejor presidente de la historia y hoy vengo con el honor y el orgullo de estar reestrenando este busto”.

Ay, ay, ay Javier, ay peluca loca, ya empezamos a encarnar con podrida; la misma carnada que nos tuvimos que comer durante toda la gestión kirchnerista; gestión visiblemente provocadora que no dudaba en ponerle el nombre de Néstor Carlos a cuanta avenida, colegio, hospital, escuelita, gasoducto o centro cultural hay, a diestra y siniestra de nuestro ancho y largo país.

Es una provocación ponerle nombres de un personaje contemporáneo a quien la mitad de la población, entre los que me incluyo, no tolera y nos baja la presión, se nos cierra la glotis y se nos brota la piel, cuando escuchamos su nombre o el de su señora, u oigo la provocadora voz de la siempre beligerante y provocadora expresidenta que me hace apagar la radio.

Si bien tiendo a pensar que Menem, por lo menos para mí, no fue tan alergénico, creo que fue quien inauguró en la Argentina, después del advenimiento de la democracia la corrupción ostentosa y abierta como método de gobierno.

Más aún, entiendo que dio los puntapiés iniciales para un cambio cultural que incluyó la frivolidad como parte de su modus operandi, que aparecía mucho en televisión, que hablaba de su Fersari (quiero expresarlo en la lengua de Joaquín V. González), que jugaba al tenis con vincha, que jugaba al fulbito y que iba a comer con Mirta, la antediluviana, la sempiterna.

El primer gesto gubernamental de “el Carlos” como lo nombrabas chupándoles las medias, fue dar un volantazo de 180 grados a las expectativas electorales y liberalizar el gobierno, lo que no está mal en sí, vendiendo las joyas de la abuela, haciendo cómplices “calladitamente la boca” a sindicalistas que se enriquecieron, rodéandose de funcionarios que venían de vivir en casitas del gobierno en La Rsioja y de un día para el otro pasaron a ser rsicos y ostentosos, para luego, inteligentemente, desaparecer, bajar el perfil y pasar al olvido.

Destruyó los trenes “Rsamal que para, rsamal que cierrsa” y efectivamente, “rsamal que paró rsamal que cerrsó”. Se cargó a las escuelas técnicas, contribuyó a la destrucción de la educación pública, le enseñó a la díscola sociedad argentina que había que ser pícaro, se rodeó de coimeros que se compraron trajes claros y corbatas italianas, y barcos, y rselojes dorados y perfumes y rsaquetas de tenis y champán francés y putas caras.

Achicó el “Estado fracaso” a favor de la banca privada, que luego de su gran fracaso, nos tiró por la cabeza las empresas quebradas que las terminó recomprando el “Estado fracaso”.

Y además mucho country, mucho barrio privado, etcétera. Menem, Peluca, Menem fue una mierda; un verdadero cáncer para el que hizo falta una quimioterapia muy tóxica: el kirchnerismo. Se nos cayó el cabello, la educación, nos sumieron en la pobreza, en el endeudamiento y en la inflación. 

El Carlos nos dejó un déficit fiscal que generó una deuda pública impagable, que le dio el trampolín al peronismo para hacer saltar al De la Rúa, Nos dejó 146 mil millones de deuda externa, una desocupación del 11,8%; le vendimos armas a Croacia y a Ecuador, Río Tercero voló por los aires hacia arriba y Lourdes Di Natale voló por los aires hacia abajo.

Terminó dando lástima, mucha lástima. Y vos desempolvás su imagen y descubrís su busto.

Peluca loca: Te banco un poco de locura, te banco un poco de insensibilidad porque está claro que no tenemos donde caernos muertos y en caso de levantarse este país, cosa dudosa, llevará décadas en hacerlo.

Vivo de la medicina prepaga y me está doliendo el latigazo en la espalda que nos diste con tu ida y vuelta, con tu ¡Viva la libertad carajo! pero después con tu no taaaaaanta libertad a un sector que no tiene regulados sus costos, exponencialmente crecientes, pero sí sus precios.

Pero no jodas con el espejo retrovisor selectivo, no vaya a ser cosa que nuestros nietos se coman el busto de Cristina, o un monumento enfrente de la facultad de ingeniería que reemplace al Canto al Trabajo de Rogelio Yrurtia por uno de Lopecito con Bolsos o la escultura de los galgos rusos sea reemplazada por una tuya con tus mastines.

P.D. no vengan tontitos populistas con "Ahhhhh viisssteeeee, ahora jodete". Voy a señalar cuanto desatino vea y si corresponde, lo descalificaré totalmente. Ser peor que la inmundicia que nos dejó el kirchnerismo, es posible, pero todavía muy remoto. 



          Canto al trabajo: escultura de Rogelio Yrurtia - Facultad de Ingeniería


                                        Lopecito con Bolsos y Religiosa





lunes, 22 de abril de 2024

Buscando el helicóptero

"¡Salgamos a las calles a defender la universidad!"

Mañana marchan para “defender la universidad pública”: 

  1. Un puñado de psicópatas violentos que teniendo menos del uno por ciento de los votos buscan lo único que saben: molestar. Que si les diesen el gobierno o el control de las empresas, derrumbarían todo en una semana. Son los "14 toneladas del Gordo Mortero".
  2. Un gran grupo de corruptos que ya destruyeron lenta pero inexorablemente la universidad pública: llenándola de corrupción, de politiquería barata, de calienta sillas, de discurso populista berreta y vacío: básicamente el kirchnerismo y el peronismo “auténtico”.
  3. Un gran grupo de tontos bienintencionados que, con su ignorancia, su bonhomía peligrosa, les hacen el caldo gordo al resto. 

Resultado: golpismo; golpismo del mejor signo, puro y duro. Hasta que no vean al helicóptero embarazado del León libertario, no paran. 

"Será una marcha de toda la sociedad argentina que valora la universidad pública y que cree que el país para progresar y salir de esta crisis necesita de educación pública”. 

Me dice Chat GPT: 

“La falacia de la "bandwagon", o "falacia del tren de bandera" en español, es un error de razonamiento que se comete al argumentar que algo es verdadero, correcto o aceptable solo porque muchas personas lo creen o lo hacen. Básicamente, implica seguir la corriente de opinión popular en lugar de evaluar críticamente la validez de un argumento. 

Por ejemplo, si alguien dice: "Todo el mundo está usando esta nueva aplicación, así que debe ser la mejor", están cometiendo la falacia del tren de bandera. La popularidad de la aplicación no necesariamente garantiza su calidad o utilidad. 

En resumen, la falacia del tren de bandera consiste en aceptar una idea solo porque es popular o porque muchas personas la siguen, en lugar de evaluarla objetivamente por sus propios méritos.”. 

Hay una gran confusión, bastante demagógica, con respecto a la universidad pública, libre y gratuita. Bien sabemos que es un lugar donde entra cualquiera, donde el 70 por ciento de los que ingresan no egresan, lo que significa una salvaje dilapidación de recursos que podrían destinarse a mejorarla en muchos aspectos; que los programas con los que se enseña son del siglo pasado, que las condiciones edilicias poco menos que nefastas, que muchos profesores no deben pisar las facultades desde hace años y que, en nombre de la demagogia populista, han florecido cientos de universidades absolutamente ineficientes y cuando digo ineficientes significa que gastan enormes cantidades de recursos para que de ellas egresen pocos y muy malos profesionales. 

Por favor no me tilden de libertario, ni de macrista, ni de mileísta, ni de bullrichista ni menos que menos, de facho. 

De modo que quienes quieran cuidar la universidad pública, está perfecto, a la marcha. Pero al otro día, sigan haciendo marchas para que mejore. 

El mito de que la UBA (lo habrán escuchado mil veces) califica (“ranckea”)  como "una de las mejores universidades del mundo" es una falacia, en el mejor de los casos. Conozco varios profesores que no pisan la facultad. Una vez me tomé el trabajo de documentarme sobre cuál era el origen de ese mito y creo que se basaba en el número de extranjeros que ingresaban ¡Eso es una falacia! “¡Ingresan extranjeros, por algo será!” Sí, sí, ¿Saben por qué? Porque es gratis. En los últimos años la UBA se llenó de brasileros a quienes allá, en Brasil, le es muy costoso estudiar ¡Cuidado ahí pavotes! No me vengan a tildar de xenófobo, ni de racista ni, nuevamente, de facho. Sería lo mismo que tildar de xenófobo a quien rechaza las inversiones extranjeras, argumento harto difundido como, también, harto imbécil. 

Otro comentario: el ingreso irrestricto es una barbaridad. El ingreso no puede ser para el que pase frente a la facultad vea luz y entre, se anote y encima no se reciba nunca. El costo de enseñarle a un alumno es altísimo, los dineros son públicos, lo que se gasta en una cosa, no se gasta en la otra; si encima, se tira a la basura en un 70 por ciento que jamás se van a recibir es poco menos que un delito. Tengamos una partida presupuestaria y banquemos a los pobres que tienen capacidad (aptitud) y ganas (actitud) demostrada para no solo no cobrarles sino para pagarles para que puedan estudiar y recibirse: para pagarles todo, comida, indumentaria, materiales y vivienda. Sin duda habrá gente de escasos recursos que se beneficiará y beneficiará a la “nueva y gloriosa nación”.  En ningún país serio cualquiera puede hacer cualquier cosa con el dinero público, menos que menos dilapidarlo. Acá sí, acá se puede gastarlo, malgastarlo, dilapidarlo, robarlo y llevárselo afuera. Acá vale todo. 

Dijo el ex ministro Lacunza:  

  1. ¿Universidad pública? Sí, igualdad y crecimiento. 
  2. ¿A cualquier presupuesto? No, porque pagan los pobres. 
  3. ¿Hay gasto ineficiente? Sí, financiaban contratos públicos (a lo que yo le agregaría que eso es lo de menos, porque banca a miles y miles de inútiles calientasillas 
  4. ¿Auditoría independiente? Obvio. Claro que tienen que ser auditadas por organismos independientes. Y, si no fuese mucho pedir, honestos porque en la Argentina, poner a la zorra a cuidar los huevos, es la norma, no la excepción.  
  5. ¿Fuentes de financiamiento complementarias? Sí: ejemplo, contribución de los egresados. Los estudiantes deben poder tener acceso a préstamos que les faciliten estudiar y luego devolverlos. 
  6. ¿Becas a estudiantes de ingresos bajos? Claro que sí; hasta pagarles todo. Siempre y cuando estudien, claro está.  
  7. ¿Es de buena calidad? Lacunza dice que sí pero heterogénea. Yo digo que en su gran mayoría no. Estudiamos con currícula del siglo XX. ¿Es concebible que para recibirse de mal médico un egresado deba cursar un ciclo básico, seis años de carrera y un internado rotatorio?. Para egresar como (muy) mal médico, repito. 
  8. ¿Hay política en los claustros? Lógicamente.
  9. ¿Hay adoctrinamiento? No (excepción no es regla). Aclaro no se baja línea política desde las cátedras. 
  10. ¿Revisar contenidos y programas? Lacunza dice “Constantemente” yo diría “chocolate por la noticia Lacunza”. Casi habría que tirar todo y poner la canción de Lerner Volver a empezar. 

De manera que vayan a marchar sin saber por qué. Pronto tendremos helicóptero y pronto volverá el peronismo de las mil caras y un solo resultado: la degradación lenta de “la nueva y gloriosa Nación”. 

Y no me tilden de macrista, ni de mileísta, ni de libertario, ni de bullrichista, ni, mucho menos, de facho. Si quieren, tíldenme de antiperonista ¿Vale? 




domingo, 10 de marzo de 2024

El corazón del daño

Este viernes fui al teatro Picadero a ver El corazón del daño, una obra de María Negroni, dirigida por Juan Carlos Tantanián y actuada por Marilú Marini. 

El lenguaje de los críticos de arte, me suele resultar tan complejo que no pocas veces me imagino al autor, sea un dramaturgo, un artista plástico, un escritor, un poeta o un director de cine, pensando “¿Esto dije yo? ".

Por esto, y sin ese lenguaje complejo, resumiría El corazón del daño como un monólogo en el que una hija recorre su relación signada por una madre compleja, una madre atroz que todo lo hacía difícil. Se trata de “la ocupación más ferviente y más dañina de mi vida: nunca amaré a alguien como a ella”. 

Pero no me voy a referir a la obra. No soy crítico de teatro soy un simple y bastante ignorante aficionado, con su sensibilidad, nada más. 

Me voy a referir a mi experiencia, en el teatro Picadero, con Marilú Marini, en ocasión de El corazón del daño. 

Según la crítica, según el propio director “al menos una vez en la vida hay que verla actuar a Marilú Marini”. Para mí… bastó y sobró. 

Así como el odio a una madre que todo lo hizo difícil, signó la vida del personaje, el odio a una actriz histérica y endiosada signó desde poco de comenzada la presentación mi experiencia con la misma. 

Salió una mujer de ochenta largos, vestido negro y zapatillas color chicle, se paró ante el público, saludó a algunos conocidos, entre ellos, la autora de la novela, María Negroni y luego se detuvo en una imposición casi admonitoria: si sonaba un celular, si sonaba una alarma de un celular, empezaría de nuevo. 

Y así fue. 

A poco de empezada la obra, sonó un celular y el mundo se detuvo: la actriz, como una severa profesora de geografía que acaba de sentir un tizazo que viene del fondo del aula y estalla en el pizarrón, dio un fuerte golpe con las palmas de ambas manos en la mesa larga a la que estaba sentada; se puso de pie, anticipó solemnemente al público en general lo que iba a suceder, dirigió lenta y ceremoniosamente su mirada al lugar de donde había provenido el sonido de la alarma y en un tono terroríficamente maternalista, de una madre muy similar a “la ocupación más ferviente y más dañina de su vida” le dijo dos, o tres veces “¿Apagás el celular, por favor, lo apagás, lo apagás?” 

Y empezó de nuevo. 

Una severa madre que, con su histriónico, con su histérico, protagonismo me hizo pasar un mal momento. Y estoy seguro de que otros espectadores lo habrán pasado también mal. 

Me costó engancharme con la obra. Me cuesta mucho reaccionar rápida y asertivamente a las agresiones; una parte de la obra estuve pensando “¡Qué pena que no me paré y me fui diciendo que “el daño” ya estaba hecho!” 

Luego de este recomienzo siguió la obra, fue creciendo. Según algunos más entendidos que yo, no fue gran cosa. Pero no hablo de eso. 

No sé si esta señora habrá sido toda su vida así de diva, así de autoritaria, pero ¡Qué mal la pasé señora Marini, qué mal la pase! Mi odio a su acto de humillación, a su intemperancia, a su divismo exagerado, a su histeria protagónica fue el sentimiento más fuerte que me llevé de El corazón del daño, señora Marini.

Moisés arde de ira - Gustave Doré