Soy un gran ignorante que podría parecer culto, formado y que si no diera esta advertencia y me largara a hablar de literatura, por ejemplo, o de cine, mucho peor todavía, no sería otra cosa que un chapucero, un farsante, un pelafustán.
He leído muy poco; tampoco puedo decir que he leído bien, pues mucho de lo que he leído ni siquiera lo he entendido, menos aprehendido. Solo tengo ciertas sensibilidades, ciertas hiperestesias epileptoides que, cuando coincido con alguien que ha leído sus fuentes, se puede quedar mirándome y pensar “este tipo sabe”.
No, no sé nada, casi nada, digamos.
Tengo una biblioteca bastante pequeña, que tendrá unos 500 libros (mañana los voy a contar) de los cuales la mayoría no leí; algunos de ellos quisiera leer, como Pedro Páramo, por ejemplo o la mayoría de las novelas de Faulkner, dado que debo haber leído cinco de ellas; o Shakespeare, o Bomarzo, o Los pilares de la tierra; muchos de ellos no los he leído ni los leeré jamás y otros los leeré siempre.
A veces, cuando me da el efímero furor de ordenarme, ordenar mi biblioteca y dejar solo los que leí y viví, los que leería todo el tiempo y los que me obligaré a leer y entonces pienso cruzar la calle y dejarlos en la vereda de enfrente, me ocurre que leo la primera página y me digo (Los pilares de la tierra) “no; este lo tengo que leer” y entonces procrastino mi orden y las bases de mi nuevo breve futuro, dado que ya no me quedan muchos años (tengo 68).
Puedo decir que lo único que leí con cierta profundidad es a Juan José Saer, a Ulises, de James Joyce, a Rayuela de Julio Cortázar, a Don Segundo Sombra, a Adán Buenosayres, Sobre héroes y tumbas y a Los siete locos.
Una de las tantas veces que leí Rayuela, fue en París; me alquilé un departamento en la Rue de Savoie, me compraba quesos y champagne y salía con mi morral con la edición Cátedra de Andrés Amorós, un cuaderno de notas y una cartuchera con lápices, resaltadores y marcadores 3M, caminé el Barrio Latino, el Bulevar René Coty hasta el Parc Montsouris, hasta el puente donde Horacio y La Maga le dieron un final digno al paraguas encontrado.
Me instalé en un hermoso y amplio departamento en Dublín e hice un montón de caminatas, leyendo Ulises e instalando casi una oficina en la mesa del comedor con mapas, con Ulysses Annotated de Gifford y con algunos más sobre Ulises.
Quisiera ir una semana a San Antonio de Areco a leer Don Segundo Sombra y volver a llorar cuando Fabio da vuelta a su caballo y “me fui como quien se desangra”.
Y si la vida me diese la voluntad y la fuerza de ejercer el don divino de terminar dignamente con ella, cuando la dignidad se convierte en decrepitud, el pelo de las cejas, la nariz y las orejas crece descuidadamente, quisiera hacerlo en un banco cerca de la estatua de Ceres cuando “Un misterioso acontecimiento se produce en esos momentos: anochece. Y todo es diferente: los árboles, los bancos, los jubilados que encienden alguna fogata con hojas secas, la sirena de un barco en la Dársena Sur, el distante eco de la ciudad. Esa hora en que todo entra en una existencia más profunda y enigmática. Y también más temible, para los seres solitarios que a esa hora permanecen callados y pensativos en los bancos de las plazas y parques de Buenos Aires.” (Sobre héroes y tumbas).
Y no hay mucho más.
Hoy tomé el libro de Harold Bloom, Shakespeare, la invención de lo humano y trataré de leerlo y leer, entendiendo todo lo que pueda, sus obras principales.
En la introducción de Confesiones de un inglés comedor de opio (Ediciones Cátedra 5ta Ed. 2018. Edición de Miguel Teruel, pág. 23.) leí que Thomas de Quincey, en el prólogo a sus Selections, sugiere tres categorías generales para dar cuenta global de sus obras; según fuera su propósito divertir, instruir o elevar espiritualmente al lector.
Luego le pregunté a ChatGPT ¿En dónde describe De Quincey tres tipos de lectura: la lectura de entretenimiento, la lectura para informarse y la literatura para elevar el espíritu? y verifiqué que la cita no era correcta. No es en el prólogo a sus Selections sino en:
"Letters to a Young Man Whose Education has been Neglected" (Cartas a un joven cuya educación ha sido descuidada). En estas cartas, De Quincey aborda diversos aspectos de la educación y la lectura, y menciona tres tipos principales de lectura:
Lectura de entretenimiento: Lectura realizada por placer y diversión.
Lectura para informarse: Lectura destinada a obtener información y conocimiento sobre temas específicos.
Literatura para elevar el espíritu: Lectura de obras literarias que tienen un valor estético y moral, capaces de inspirar y elevar el espíritu del lector.
En estas cartas, De Quincey subraya la importancia de cada tipo de lectura y cómo cada una puede contribuir al desarrollo personal e intelectual del lector.
Pero todo esto, toda esta digresión molesta es solo para decir que acuerdo en que hay tres tipos de lectura: la lectura de entretenimiento, la lectura para informarse y la lectura para elevar el espíritu. Que a mí interesa la lectura para elevar el espíritu, que también, pero en diferente sintonía, me interesa informarme y que para entretenerme tengo la vida misma, la mía y mucho más, la de los demás; porque como dice Hanif Kureishi (SÁBADO 30 DE AGOSTO DE 2008 Por Hanif Kureishi Para LA NACIÓN) : “ El disidente ejemplar Oscar Wilde, cuyo castigo no pudo borrar sus palabras sino que nos enseñó algo sobre adónde nos pueden llevar las palabras, escribió, a fines del siglo XIX: "Cuando las personas nos hablan sobre otros suelen aburrirnos. Cuando nos hablan de ellas mismas casi siempre son interesantes".
En consecuencia, no leo para entretenerme, no voy al cine para entretenerme: la vida no es entretenida, es profunda, misteriosa, interesante, irreproducible en una milésima de segundo.

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