Hace un tiempo, caminando frente al edificio de Obras Sanitarias (hoy Aysa) me detuve a mirar una vieja librería "de viejo" que está a un costado. Se llama El Glyptodón:
Ayacucho 734 - Buenos Aires
4734-7973
libreriaelglyptodon@gmail.com
www.libreriaelglyptodon.com.ar
Estuve un rato conversando con su dueño, Alejandro, quien me entregó un folletín de la librería con el detalle de su servicio de biblioteca que copio al final.
Me hizo acordar a la librería Shakespeare and Company en París en la Rue de la Bûcherie, en el Barrio Saint Julien le Pauvre, y a otra, Abbey Bookshop que está en el número 29 de la Rue de la Parceheminerie, cerca de la iglesia de Saint Séverin y también cerca de Shakespeare, mucho más célebres por estar en París donde todo está rodeado de cosas de un interés y belleza, que hacen circular a miles de turistas diariamente, pero no más bellas ni pintorescas que el Glyptodonte.
Pensé, cuán frágiles son estos negocios, bares, casas de lapiceras, de cuadros, de tabacos, de chocolates, bistrós y miles más.
Cada vez que un negocio de estos desaparece y unos energúmenos desembarcan un fin de semana, munidos de pinturas, taladros y radios que suenan a todo volumen, pintan todo de lila, ponen luces fluorescentes, un aire acondicionado gigante que flagela la fachada, una marquesina que sobresale hasta la calle, que a los pocos meses estará oxidada para siempre, unas sillas de plástico blancas que dicen Coca Cola y en el mismo tiempo estarán negras y resquebrajadas, un toldo de colores chillones, que se ensuciará y deteriorará hasta el colgajo, un pretencioso cartel que reza pretenciosamente Drugstore o Locutorio-Internet. Se cubrirá la acera de manchones negros de chicles escupidos que nadie sacará. Cada vez que esto ocurre, es una puñalada más a Buenos Aires (a la dignidad de cualquier ciudad, bah!), ciudad bella en muchos lugares pero ultrajada por ciudadanos y autoridades de turno que por una coima entregarían a su madre y permiten construir mala calidad, al lado de estos sitios históricos.
Me fui por las ramas. La idea de esta nota, que espero compartan con muchos, es que, como yo, pasen por la librería, tomen un café con su dueño y disfruten del "paisaje".
Alejandro, me mostró un libro del edificio de Aysa, que en su momento no le compré porque no tenía los 80 o (ahora esta o va sin tilde, según la RAE) 90 pesos que salía y el día que me decidí ya no estaba provocando que me jurara una vez más que debía hacer las cosas en el momento en que las sentía.
Tratemos de ayudar a preservar estos rincones de Buenos Aires.
El folleto de El Glyptodón dice así:
Comprando por un mínimo de veinte pesos usted ya es socio por treinta días. Tiene a disposición dos mesas de lectura y una para libros especiales (incluye un té o café sin cargo).
No asume la obligación de pagar cuota alguna
Los libros usados en buen estado que adquiera aquí, puede canjearlos por otros del mismo precio o como parte de pago
Puede repetir tres veces la permuta, con un plazo máximo de seis meses por cada cambio, mientras conserven el estado en el que fueron adquiridos.
Esto significa que comprando un libro podrá leer cuatro.
Para que estos servicios de biblioteca sean posibles se le inscribe un código al ejemplar adquirido, donde consta la fecha, el estado del libro, el precio y la firma del responsable de la misma.
Lo esperamos de lunes a sábados de 12 a 19
sábado, 26 de marzo de 2011
lunes, 7 de marzo de 2011
"Somo de la cashe"
Vino hacia mí. Apareció cuando el sol de febrero teñía de naranja fuerte el edificio Kavanagh que se filtraba como un cuadro de Monet detrás de las tipas y jacarandaes.
Era bonita, un rostro moreno de labios gruesos y ojos color de miel, un cuerpo sensual, erótico, solo desdibujado por una panza al aire que delataba su vaya a saber qué número de embarazo, unas estrías blancas que le acuchillaban el vientre, unos pies descalzos y muy sucios y una boca que mostraba el espacio de dientes que ya no estaban.
Era bonita, un rostro moreno de labios gruesos y ojos color de miel, un cuerpo sensual, erótico, solo desdibujado por una panza al aire que delataba su vaya a saber qué número de embarazo, unas estrías blancas que le acuchillaban el vientre, unos pies descalzos y muy sucios y una boca que mostraba el espacio de dientes que ya no estaban.
"Somo de la cashe..." me aclaró, como si hiciera falta. El "somos" probablemente, en forma inconsciente me estaba diciendo "Somos muchos, imbécil, no se vaya a pensar que ando así porque se me ocurre a mí sola".
-¿Me puede dar algo de plata pa comer?
Enajenado por su figura y mis pensamientos, no entendí la última frase, le dije:
-¿Perdón señorita?
A lo que siguió un leve silencio de su parte, una sonrisa y un agradecimiento:
-¡Qué educado! no sabe cómo nos tratan.
Le di diez pesos; "una fortuna" para ella, una miseria, para mí que seguramente me gastaría unas veinte veces esa cifra, en una comida de autor, dentro de un rato.
Perdón, señorita. Perdón.
Espero que algún día, algún gobierno que no se crea el Estado me saque una buena tajada de mi comida de autor y no se la robe: para que usted coma, para que usted se eduque, para que planifique su familia y hasta se tome vacaciones. Yo seré algo más pobre y los dos seremos mucho más ricos. Perdón señorita, tengamos paciencia.
De témpanos y pajaritos
Nadie podría asegurar si fue la lógica evolución de un proceso natural, un encuentro casual, o el resultado de una figura, uno de esos juegos geométricos de Cortázar que no son otra cosa que configuraciones del destino. Actos aislados e individuales ligados a otros actos aislados e individuales que terminan en un tercer acto que es el destino. Un pajarito vuela de una rama a otra, acá; para que un témpano se desprenda de un glaciar allá, para que nuestras miradas se encuentren acá. Pajarito, témpano, miradas. Nuestras miradas que necesitan del vuelo del pajarito acá y el desprendimiento del témpano allá para encontrarse acá. Nuestro destino. Y así, así allá y así acá. Un aire acondicionado funcionando mal en un verano porteño funcionando bien, buscarte en la agenda, llamarte a un teléfono que no usás desde hace tiempo pero que ese día tenías en el cajón del escritorio. Quiso el destino, si renegamos de las figuras, que justo, cuando sonó estuvieras al lado y respondas a un número desconocido...
Una llamada casi comercial, llamémosle así, a esa llamada que sorteó azares, y movió témpanos y pajaritos, despertó un escucharse de voces no tan comerciales, una explícita intención de amistad "desayunamos juntos y nos hacemos amigos", una respuesta rápida "claro que podemos ser amigos, siempre, SIEMPRE, tengo tiempo para la vida social y los amigos" (así con mayúsculas el segundo siempre), y una agenda de jazz y bossa. Una primera noche en que, las cosas no salieron bien. Hubo más desencuentros que encuentro, un malhumor larvado jugando a cuchillo bajo el poncho a serpiente de cascabel debajo de la piedra donde está la flor. Buscar una respuesta y no encontrarla o encontrar una tensión, querer alargar la noche un poco para, enseguida, darse cuenta que lo sensato habría sido acortarla. Que había que dejarse llevar por la corriente porque la corriente no quería encontrarnos esa noche. Pero nos desencontraba para encontrarnos enseguida, como cuando una rama separa aguas que luego, ahí nomás, se juntan. Después de esa rama, muy rápido, otra agenda, otra noche de jazz, un espectáculo menor en un lugar más feo con las mismas reglas y formalidades, digamos. Solo que en algún momento, ver a nuestro vecino de mesa tocarle la espalda a su pareja, movió algún electrón de mi cuerpo, una minúscula gota de adrenalina, en forma de pajarito o témpano, nuevamente. Un tenerconcienciademimano, quizás mirarla y buscar con la mente o apenas con la mirada, tu espalda, que no estaba, porque estábamos sentados en lados diferentes de una mesita cuadrada, distinta a la del vecino, al lado de su chica y la vecina, al lado de su chico... Ese instante pasó y batería, saxos, piano y contrabajo siguieron hasta el final. Tu, tum, ta, tam, tu, tum...
"No te bajes, no hace falta", mi beso y abrazo de despedida, breves y formales, tu reproche de un abrazo feo o reclamo de un abrazo mejor.
No costó nada mejorarlo. Encontré tu hombro derecho pegado a mis labios y los electrones y protones se empezaron a despertar como los pájaros, cuando amanece, así de rápido, así de inevitable. No se puede parar la salida del sol, ni los pájaros ni sus cantos. Y al lado de tu hombro, tu cuello, y encima de tu cuello tus labios, un tímido beso y una despedida por pocas horas, porque a poco de salido el sol ya estábamos juntos sintiendo el Parque Lezama, caminando por la plaza San Martín, alargando el encuentro con unos chiquillos de la calle a los que instruimos para lavarse los dientes y la chiquilla tuvo en la pasta dental que le diste de tu cartera, un regalo y una ilusión que despertaban la curiosidad de las extranjeras que tomaban vino blanco en la mesa de al lado. Empezábamos a encontrarnos.
A tu osadía le costó muy poco darme de comer de tu boca a mi boca, invitarme a tu cama, sacarme la ropa y traer esas cremas que casi nos incendian. Ahí estábamos, tratando de encontrarnos en un pasado que empezó muy lejos y hace mucho; buscando coincidencias y desencuentros y sorprendiéndonos gratamente al ver que nuestros cuerpos van haciendo lo suyo y que los átomos están revolucionados y que nada hay que envidiarle a la mano del vecino en la espalda de la vecina. Dormí a tu lado y creí descansar. Soñé que estaba solo y me angustiaba no encontrarte, empezaba a necesitarte...
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