Tus piernas no temblaban en ese momento; tus manos no sudaban frío; tus dedos sabían lo que hacían, tenían fuerza para matar; tus ojos sabían qué mirar, sabían cuándo mirar; tus ojos sabían cómo mirar. Tus piernas abiertas, firmes tus tobillos, medias negras, tacos finos, pies firmes. Firmes tus tobillos, muy firmes. Tu espalda recta le daba la espalda a tu espalda recta, debajo de tu vestido negro, debajo de tu cabello recogido hace un rato con esa automática y erótica dedicación conque se recogen el pelo las mujeres, las mujeres de verdad para quienes su pelo está allá lejos o acá cerca cuando tiene que estar allá lejos o acá cerca. Tus piernas abiertas, tus muslos tensos. Eras valquiria llevándome a la batalla del fin del mundo. Por vos, valquiria, moría por vos valquiria de muslos firmes y pelo recogido.
Tocaban Mahler, tocaban la Trágica y ahí estabas. Ahí, adelante con tu cello, indiferente a mí que te deseaba tanto en ese momento.
Salimos y llovía, tomamos un taxi, hablamos poco, nos desnudamos sin partitura y ya nada coincidía. Tus tobillos no estaban firmes, entre tus muslos no era tu cello, ni tu mirada sabía qué mirar. No había partitura y tus manos sudaban frío y temblaban, tus manos. Allá arriba, todo es diferente con Mahler. Acá estamos perdidos; abecedarios desencontrados en la angustia de sábanas húmedas de un frío invierno porteño, queriendo encontrarnos, sabiendo que nunca podremos. Porque el mundo está escrito y no estamos juntos en su partitura.