domingo, 26 de junio de 2011

Sin partitura

Tus piernas no temblaban en ese momento; tus manos no sudaban frío; tus dedos sabían lo que hacían, tenían fuerza para matar; tus ojos sabían qué mirar, sabían cuándo mirar; tus ojos sabían cómo mirar. Tus piernas abiertas, firmes tus tobillos, medias negras, tacos finos, pies firmes. Firmes tus tobillos, muy firmes. Tu espalda recta le daba la espalda a tu espalda recta, debajo de tu vestido negro, debajo de tu cabello recogido hace un rato con esa automática y erótica dedicación conque se recogen el pelo las mujeres, las mujeres de verdad para quienes su pelo está allá lejos o acá cerca cuando tiene que estar allá lejos o acá cerca. Tus piernas abiertas, tus muslos tensos. Eras valquiria llevándome a la batalla del fin del mundo. Por vos, valquiria, moría por vos valquiria de muslos firmes y pelo recogido.
Tocaban Mahler, tocaban la Trágica y ahí estabas. Ahí, adelante con tu cello, indiferente a mí que te deseaba tanto en ese momento.
Salimos y llovía, tomamos un taxi, hablamos poco, nos desnudamos sin partitura y ya nada coincidía. Tus tobillos no estaban firmes, entre tus muslos no era tu cello, ni tu mirada sabía qué mirar. No había partitura y tus manos sudaban frío y temblaban, tus manos. Allá arriba, todo es diferente con Mahler. Acá estamos perdidos; abecedarios desencontrados en la angustia de sábanas húmedas de un frío invierno porteño, queriendo encontrarnos, sabiendo que nunca podremos. Porque el mundo está escrito y no estamos juntos en su partitura.

sábado, 4 de junio de 2011

Soñé que había nevado

Percibimos la nieve un segundo antes de correr las cortinas. Por el silencio, por los ruidos alejados y amortiguados, porque la nieve se come los ladridos de los perros, porque la nieve no permite que le griten, porque la nieve alegra lo alegre y hace de lo triste una tragedia. Los recuerdos de hechos que ocurrieron en días nevados se almacenan en algún lugar diferente de la mente y vuelven a ella en forma de melancolía o nudo en la garganta. 
Hoy soñé que estaba, como de paso, en la casita chica de mi infancia, de mi pueblo de casas bajas y calles anchas. Dormía una siesta en un sofá. ¿Por qué estaría? Era como si hubiera pasado un rato, como cuando usamos esos tiempos muertos en ciudades extrañas para ir a conocer una referencia histórica o la casa de un poeta muerto. La muerte de un poeta siempre es triste aun cuando no se hayan suicidado o muerto de alcoholismo o Alzheimer como queda bien que hagan los poetas.
Me levanté, en mi sueño, y con ese nudo en la garganta y sensación de explosiones apagadas abrí las cortinas. Estaba oscuro ya, pero una luna enorme azulaba la nieve que lo cubría todo. Lo primero que hacemos cuando descubrimos la nieve es inspirar brevemente con la boca entreabierta y ahogar el comentario; lo segundo es mirar al cielo. Caían copos como caen los copos de nieve. Lentos y oblicuos. Miré hacia adentro para decir -Está nevando justo en el momento que me despertaba e iba a la ventana buscando una nieve imposible en una ciudad donde jamás nevó. Abrí la cortina y me preparé para los gestos que la nieve manda. No había nevado. Estaba tu carta sobre la mesa. Entreabrí la boca, inspiré brevemente y apagué el comentario. Te habías ido.