sábado, 4 de junio de 2011

Soñé que había nevado

Percibimos la nieve un segundo antes de correr las cortinas. Por el silencio, por los ruidos alejados y amortiguados, porque la nieve se come los ladridos de los perros, porque la nieve no permite que le griten, porque la nieve alegra lo alegre y hace de lo triste una tragedia. Los recuerdos de hechos que ocurrieron en días nevados se almacenan en algún lugar diferente de la mente y vuelven a ella en forma de melancolía o nudo en la garganta. 
Hoy soñé que estaba, como de paso, en la casita chica de mi infancia, de mi pueblo de casas bajas y calles anchas. Dormía una siesta en un sofá. ¿Por qué estaría? Era como si hubiera pasado un rato, como cuando usamos esos tiempos muertos en ciudades extrañas para ir a conocer una referencia histórica o la casa de un poeta muerto. La muerte de un poeta siempre es triste aun cuando no se hayan suicidado o muerto de alcoholismo o Alzheimer como queda bien que hagan los poetas.
Me levanté, en mi sueño, y con ese nudo en la garganta y sensación de explosiones apagadas abrí las cortinas. Estaba oscuro ya, pero una luna enorme azulaba la nieve que lo cubría todo. Lo primero que hacemos cuando descubrimos la nieve es inspirar brevemente con la boca entreabierta y ahogar el comentario; lo segundo es mirar al cielo. Caían copos como caen los copos de nieve. Lentos y oblicuos. Miré hacia adentro para decir -Está nevando justo en el momento que me despertaba e iba a la ventana buscando una nieve imposible en una ciudad donde jamás nevó. Abrí la cortina y me preparé para los gestos que la nieve manda. No había nevado. Estaba tu carta sobre la mesa. Entreabrí la boca, inspiré brevemente y apagué el comentario. Te habías ido.

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