domingo, 18 de marzo de 2012

El golpeteo de tus sandalias

Vivíamos en el departamento de Rocamora. Era un sábado, de mucho sol. Me sentía muy linda; trabajaba, estudiaba y mantenía la casa también. Marcos vendía libros y daba clases en la facultad mientras hacía el doctorado…

Había subido a la terraza. Me había llevado la radio y tomé sol. Estaba feliz, no sé qué habría pasado. Me duché, tenía el pelo muy brillante; me puse un vestido color tabaco que me encantaba y unas sandalias color suela que también adoraba y que después me traje a Europa y las reventé. El vestido era escotado y tenía punto smock debajo de los pechos. Salí para encontrar a Selva que estaba con un hombre de tango de unos rasgos inmensos; nariz, boca, manos, todo gigante. Salí de mi casa y me sentía linda; los autos me tocaban bocina. Me fui a encontrar con Selva en un bar cercano al Parque Lezama… yo trabajaba en un laboratorio de la calle Defensa.
-¿Viste qué linda amiga tengo? Y el tipo de rasgos enormes me miraba con ojos vidriosos. Me acuerdo de Fernando, un amigo de Selva que siempre nos hacía reír diciendo – No es que el mundo sea un pañuelo; es que nosotros somos un moco. El de ojos vidriosos me dijo algo.
Me sentía linda porque me sentía libre, tenía la certeza de estar construyendo mi vida. Le dije a Marcos: -Bueno, vos estudiá y yo te mantengo. Así me sentía…

Nos separamos casi tres años calendario de la fecha en que nos casamos. En el 76 nos casamos… ¿enero?, ¿febrero? Me acuerdo que hacía muchísimo calor. En el 79 nos separamos y yo me vine a Europa; vendimos Rocamora por mucho dinero* y me fui a casa de Papá y Mamá. Papá estaba en el Zubizarreta, muy amargado porque no lo habían nombrado jefe de servicio… era muy poco político y muy melancólico. Murió el 20 de julio y el 5 de noviembre me vine a París”.


Hoy, viniendo de Constitución quise pasar por Rocamora…


Leí hace unos años un párrafo de Modiano. Decía que "en los portales de los edificios se oyen aún los pasos de quienes tenían costumbre de cruzarlos y, luego, desaparecieron. Algo sigue vibrando después de que pasaran ellos, ondas cada vez más débiles, pero que captamos si estamos atentos..." "Si cerrase los ojos, pensaba, si me concentrase apoyándome los dedos de la mano en la frente, a lo mejor conseguía oír, desde muy lejos, el golpeteo de sus sandalias en las escaleras".


Buscarte angustiado en la ciudad que no te iba a devolver me recordaba al dolor que nos provocamos cuando nos mordemos los labios. Un dolor que busca traer la angustia y un placer oculto. Una especie de "melancolía al paso" como quien pone una moneda en una máquina y accede al derecho de cazar con un garfio un oso de peluche.

Busqué Rocamora, detuve el auto a una cuadra y caminé hasta el número 458. No había nadie en la calle. El pordiosero que tomaba vino en caja en la esquina no era nadie.** Hacía un calor tremendo del cual ni me daba cuenta, solo quizás, por esas reverberaciones que salen del asfalto los días de mucho calor. Serían las dos de la tarde y esa especie de angustia entre placentera y melancólica del labio mordido me hizo pensar en todo el tiempo que exististe sin existir en mi vida, todo lo que viviste que ni siquiera puedo imaginar, como ese día en que, frente a Rocamora, mientras comías las frutillas que te compré, me contaste esta historia del sábado que te sentiste hermosa... y yo no estaba y no estaría por mucho tiempo... después, un solo día en St. Séverin y otro abismo de tiempo y ahora estaba ahí parado tratando de reconstruir toda esa ausencia buscando "el golpeteo de tus sandalias en las escaleras de Rocamora".


Me quedé parado en la puerta rogando que nada rompa el silencio, esperando,…pensando que en cualquier momento iba a empezar a sentir tus sandalias. Cerré los ojos, apoyándome los dedos de la mano en la frente. Mi corazón palpitaba cada vez más fuerte y tenía la boca muy seca. Ya llega, pensé, ya llega, en cuestión de segundos… clap, clap, clap tus sandalias, tus piernas, el vestido color tabaco, tu pelo brillante y las bocinas y nos iremos juntos al bar del Parque Lezama y Selva le dirá al de los ojos vidriosos 


-¿Viste qué linda amiga tengo?


Un trencito lleno de chicos que agitaban panderetas mirando a un ridículo oso que bailaba en ese horno de felicidad hizo volar en mil pedazos el silencio de Rocamora. Busqué mi auto y ya todo era ruido. El golpeteo no se oyó y el dolor apareció solo y profundo, sin necesidad de morderme los labios.


* Años después, caminando por la Avenue René Coty, rumbo al Parc Montsouris Fabiana me aclaró:
-Rocamora no se vendió por mucho dinero; hubo una mudanza en el medio, antes de mi vuelta a Ayacucho, un depto en la calle Venezuela casi Entre Ríos, al fondo de un larguísimo pasillo, una escalera, primer piso, un poco oscuro, lleno de madera, muy antiguo, que yo empapelé y pinté y donde recibía a mis pacientes, lugar de nuestra separacion. Ese sí se vendió muy caro, en esa época en que los precios subían de manera delirante.
De allí Marcos se fue a instalar al consultorio de Olleros, que compartíamos con amigos con quienes habíamos trabajado juntos en el Moyano, luminosísimo y con una gran terraza. Yo me quedé en Venezuela hasta su venta, mi mudanza a la casa de mis padres, etc.

** Fabiana se refirió a esta frase como una "Frase extraña": «No había nadie en la calle. El pordiosero que tomaba vino en caja en la esquina no era nadie.» ¿Era nadie? ¿Era? dijo Fabiana.

martes, 21 de febrero de 2012

La sombra del caudillo

La Sombra del Caudillo
Novela de Martín Luis Guzmán

La compra y la lectura de este libro son un homenaje a la memoria de mi viejo, Héctor Calixto García Tellechea, quien algún día, cuando yo estudiaba en La Plata debe haber leído alguna nota de los libros de Martín Luis Guzmán, Memorias de Pancho Villa y La Sombra del Caudillo. Me los anotó en una hojita que guardé en una agenda y me pidió que se los consiga.

Por una anotación que tengo detrás los debo haber buscado infructuosamente en algunas librerías de Corrientes. No los encontré. Era muy bisoño en búsquedas bibliográficas en esa época y, además, no existían las búsquedas por Internet herramienta con la que hoy, podríamos comprar desde la primera edición del Ulises de James Joyce hasta una botella de champán.

Pero la notita de mi padre, con los nombres de los libros me acompañó toda la vida y resistió de hecho a las mudanzas y a ese ánimo de tirar todo que se apodera cada tanto de mí.

Hace unos años, me topé con La Sombra del Caudillo en la Librería El Ateneo, en esta maravillosa Edición Archivos de Allca que estoy leyendo ahora. Vaya a saber por qué (mi mente estaría en otra cosa seguramente) no lo compré.

Hace un año volví a El Ateneo y ya no estaba; lo busqué en varias librerías y no tenían ni noticias de él.

Su búsqueda luego se convirtió en una obsesión. Pero claro, ahora todo es mucho, mucho más fácil. 

Conseguí esta edición de La Sombra del Caudillo y también, en Librería Huemul, una edición de 1951. Y también conseguí las Memorias de Pancho Villa en una edición de 1938.  A todas les adjunté esta nota, junto con la nota, escaneada e impresa, con la linda letra de mi viejo.

Probablemente, cuando me muera, vaya a saber quién se tomará ese trabajo de "desarmar la casa". Quizás mis hijas, algún día se llenarán de polvo, desarmarán mi biblioteca y con la cadencia de la fría y rápida toma de decisiones que impone la tarea de deshacerse de las cosas de un muerto pasarán por mis libros y mis pequeñas cosas.

-Esto ¿Qué sería?;
-¡Uyyy, mirá estas fotos!
-¿Esto lo tiramos?
-Bueno, dejémonos de pavear que si no no terminamos más.

Y puede que estos libros de Guzmán, con las notas, pasen de largo y terminen en un volquete contratado para la ocasión o lleguen a manos de un cartonero para retomar el ciclo de pasta y papel.

En cualquier caso, pasen por lo que pasen y vayan adonde vayan, fueron una gran fuente de placer para mí. 

El encontrarme de tiempo en tiempo con la sobreviviente notita manuscrita de mi viejo, el buscar los libros y no encontrarlos, el haber dejado pasar frente a mis narices uno de ellos sin comprarlo, el despertarme algunas noches pensando que al otro día me iba a poner a buscarlos en serio; el encontrarlos, leerlos, subrayarlos y mimarlos.

Porque nunca fui de lo más afectuoso que digamos. Más bien las voy de"duro". Pero todos estos pequeños actos obsesivos, son una forma de mimar a mi viejo con quien hablé por última vez un sábado 7 de noviembre de 1981 desde un teléfono público de Charing Cross Rd y Oxford St, en Londres. 


El lunes 9 de noviembre, a eso de las dos de la mañana, el landlord jamaiquino que me alquilaba la habitación del primer piso de su casa de 17 Jeymer Avenue, en Willesden Green, Alonso Headlam, pastor protestante, golpeó la puerta diciéndome que tenía una llamada telefónica de Argentina. Me anunciaron que mi viejo se había muerto.

Nunca me llevé bien con las lágrimas, ni propias ni ajenas y siempre tomé la muerte como algo comprensible, cuya única condición para que ocurra es estar vivo. Seas joven, seas sano, seas lindo o lo que seas. 

Mi viejo se fue rapidito, prolijamente, a los 64 años y nos dejó mucho a mi hermana Ana Elena y a mí. Un inmenso afecto y muchas sonrisas que nos arrancan sus recuerdos.

Y naturalmente, La sombra del caudillo, es La sombra de mi viejo, un caudillo, un tirano, un Pancho Villa de nuestros afectos.

Buenos Aires, 21 de febrero de 2012


sábado, 18 de febrero de 2012

Una muerte comprensible.

Buenos Aires, 9 de agosto de 2012

"Un turista francés, identificado como Laurent Schwebel, de 52 años, fue asesinado ayer a la mañana de una puñalada en el pecho en la Plaza San Martín del barrio porteño de Retiro, al resistirse a un asalto cometido por un delincuente que fue detenido, informaron fuentes policiales y testigos." 

Una muerte comprensible pensé. Y, si deja de leer aquí, me va a caratular de hijo de puta.

Ese pobre hombre francés, de 52 años es una víctima dentro de los victimarios. Los victimarios, involuntarios, somos nosotros, los que comemos todos los días muy rico, con cubiertos, con vino blanco frapé, con servilletas, los que nos quejamos de que "el salmón ya no es el mismo". Y al lado nuestro, a los gritos, hay un mundo de "subnormales" pidiendo ser incluidos en la festichola.

Porque en Puerto Madero, hace unos días me senté en un restorán que bien podría llamarse "La vaca obscena" y comimos mi amigo (el que invitó), su mujer y yo. Y cuando llegó la cuenta eran mil pesos. Mil pesos señores, mil pesos. ¿No es demasiado?. ¿No es demasiado pagar trescientos y pico por persona cuando a la salida, ahí nomás, hay pibes literalmente tirados en la calle con sus padres sucios, sin dientes, en una improvisada "casa" en la vereda?

Hace uno días, hablaba con mi hermana, socióloga, de este fenómeno.

-Carlos, la Argentina se latinoamericanizó, me dijo.

Claro, yo hablaba del contraste, de ese "paisaje urbano" brutal de entrar a Buenos Aires, por la Autopista Illia y pasar por la Villa 31 y ahí nomás, termina abruptamente el paisaje villero y aparece el Park Hyatt, el Palacio Ortíz Basualdo, sede de la Embajada de Francia, el Palacio Pereda sede de la Embajada de Brasil, la calle Arenales, un "parisito" porteño, la Plazoleta Carlos Pellegrini, los paloborrachos, los agapantus y la recova con sus restoranes de "trecientopesoporpera".

Nunca entré a una Villa. Cuando entro a Buenos Aires por la autopista Illia siempre voy despacito, por la derecha, para ver ese paisaje latinoamericano de la Villa 31 que me conmueve, que tiene su estética propia, su estilo.

Y la Villa 31 es París al lado de las otras villas. La Villa 31, leo, tiene seis barrios: Comunicaciones, Autopista, Inmigrantes, Los terrenos de YPF, Güemes y el 31 bis. Casas de material, negocios, gente en balcones, una plaza que podría ser la Plaza Mayor de Madrid o la Grand Place de Bruselas (salvando las distancias) donde los domingos o todos los días a la tardecita, la gente saca sus sillas a la puerta y los niños juegan.

En la Villa 31, seguramente, hay ricos y pobres. En la Villa 31, ya se metió el consumo.

La gran mayoría de la gente que vive en las villas es gente buena. Pero la gran mayoría de los delincuentes "de guante negro" vive en las villas. Hay otros delincuentes, los de guante blanco. Suelen estar coimeando en el Congreso o en los ministerios, evadiendo en el campo o en los restoranes o blanqueando plata en Puerto Madero.

Pero, la Villa 31, la Chicago Villera es una más entre cientos de "asentamientos urbanos" como le llamamos eufemísticamente a los centros donde viven nuestros esclavos. Los que nos cambian los cueritos, los que nos lavan los parabrisas, los que nos tiran la pared para ampliar la cocina, los que nos pintan los marcos, los que nos limpian la mierda.

Y la Villa 31, como decía, es París, al lado de las otras villas. Seguramente, los de la 21-24 o los de la 1° de octubre o los de Villa Inflamable, así se llama (y después no digan que no avisamos, podrían aclarar) deben referirse a los de la 31 como "los ricachones".

La Argentina se latinoamericanizó, porque, entre tantas otras cosas, en ella conviven la riqueza obscena con la pobreza indigna. A pocos metros pasa un degenerado con unaHarley Davidson, o una Ferrari y se topa con un degenerado con una faca dispuesto a abrirle las tripas por la "blacberri" o la Nikon. Porque para el de la faca, la vida del francés vale menos que los doscientos pesos que podrá obtener por la Nikon y su propia vida, no vale más que esa Nikon. Porque desde que pegó el primer berrido le venimos diciendo que su propia vida no vale nada. Porque no es que "no estudian porque no quieren" o "son vagos porque quieren". No. Nuestra culpa no prescribe.

Muchachos, mientras pretendamos comer platos ricos de trescientos pesos y al lado haya miles de niños que no tienen cien por mes para comer, mientras nos quejemos de que la centolla en Buenos Aires es incomible y a unos metros haya paco, niños violados, mujeres golpeadas, aguas contaminadas y dientes caídos por las caries o por los golpes... somos "carne de cañón" y a joderse. Cada tanto le tocará al francés, o al sueco, o al yanki, o a vos, o a alguna hija mía, o a mí... y a llorar a la iglesia.

Pero no me vengan con: "Estas cosas no pueden ocurrir", "Esto es un escándalo que deja mal parada a la Argentina" "Los turistas no van a venir más"...

Soy, lo que se dice un garantista. Me gustaría que podamos oír al asesino en un reportaje hecho por gente que sabe hacer reportajes. Seguramente, en ese "reportaje zurdo" encontraríamos muchas explicaciones, si es que no las encontramos en todos estos argumentos que se me ocurren y escribo.

Si no entendemos que mientras este "fenómeno global" exista cada tanto nos caerá la garra, pobrecitos de nosotros. ¡Qué mal nos vamos a sentir cuando abramos el diario o cuando sintamos que ese líquido tibiecito que nos tocamos en la panza es nuestra propia sangre, que la Nikon ya no está y que en un rato tampoco estaremos nosotros!

De manera que es una muerte "comprensible" que no tiene nada que ver con justificada, porque ninguna muerte violenta tiene justificación.