lunes, 7 de marzo de 2011

"Somo de la cashe"

Vino hacia mí. Apareció cuando el sol de febrero teñía de naranja fuerte el edificio Kavanagh que se filtraba como un cuadro de Monet detrás de las tipas y jacarandaes. 
Era bonita, un rostro moreno de labios gruesos y ojos color de miel, un cuerpo sensual, erótico, solo desdibujado por una panza al aire que delataba su vaya a saber qué número de embarazo, unas estrías blancas que le acuchillaban el vientre, unos pies descalzos y muy sucios y una boca que mostraba el espacio de dientes que ya no estaban.
"Somo de la cashe..." me aclaró, como si hiciera falta. El "somos" probablemente, en forma inconsciente me estaba diciendo "Somos muchos, imbécil, no se vaya a pensar que ando así porque se me ocurre a mí sola".
-¿Me puede dar algo de plata pa comer?
Enajenado por su figura y mis pensamientos, no entendí la última frase, le dije:
-¿Perdón señorita?
A lo que siguió un leve silencio de su parte, una sonrisa y un agradecimiento:
-¡Qué educado! no sabe cómo nos tratan.
Le di diez pesos; "una fortuna" para ella, una miseria, para mí que seguramente me gastaría unas veinte veces esa cifra, en una comida de autor, dentro de un rato.
Perdón, señorita. Perdón.
Espero que algún día, algún gobierno que no se crea el Estado me saque una buena tajada de mi comida de autor y no se la robe: para que usted coma, para que usted se eduque, para que planifique su familia y hasta se tome vacaciones. Yo seré algo más pobre y los dos seremos mucho más ricos. Perdón señorita, tengamos paciencia. 

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