Confinados a la hora de los amantes, entre las seis de la
tarde y las ocho y media de la noche. Atados a elegirnos mundos que no podremos
compartir, leyendo, escuchando música y mirando películas cada vez más francesas, cada vez más cine independiente en salas en las que el olor a humedad es bien
recibido, es paisaje, en los que Once y Abasto crecen y crecen y la
literatura y Barracas y la pobreza y el paisaje pos industrial y a
sorprendernos o jugar a sorprendernos y desearnos y escondernos y provocarnos
el dolor de la ausencia para aparecer a los pocos días llenos de poesías y pirámides violetas,
regalos, músicas y dedicatorias como escaleras sin fin. A soñar que nos acompañamos en los viajes con
la cabeza reposando en el hombro y besos con sueño y boca pastosa y volver a
jugar al desencuentro y al desasosiego de labios mordidos y habitaciones
vacías, renegando de todo todo lo estatuido pero deseándolo a la hora de la ausencia.
Nos encontramos. Un callejón sucio y romántico y pienso en vos. Un linyera, un puente, un gato flaco que cruza la calle me hace buscar la luna llena y el jazz vibra diferente. Busco tu boca y no la encuentro. No está. Son las diez de la noche. Me voy lejos, jugando a no despedirme, vos jugando a acompañarme en la imaginación. Te llevo conmigo, te llevo en mil cosas.
El mundo cambió, otra vez está el amor.
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